Es en el teatro y con el teatro que el fado se constituye como un dominio musical de singular importancia en la memoria cultural portuguesa y se va consolidando, lentamente, como un producto cultural de masas.

Salido del ambiente propio de los prostíbulos, las tabernas o los salones de la aristocracia y la alta burguesía más bohemia, su integración en el teatro, durante la segunda mitad del siglo XIX, lo consagró entre el pueblo y lo institucionalizó desde el punto de vista artístico, urbanizándolo y transformándolo, en definitiva, en la canción lisboeta y en una especie de banda sonora permanente de su vida y su día a día.

Al explorar el imaginario y el patrimonio identitario lisboeta, el fado incorpora, en su esencia, el imaginario urbano, cuyo entorno natural son los barrios populares de la ciudad, como Alfama, Madragoa y Mouraria, que se transforman, también ellos, en elementos recurrentes de la creación poética, la dramaturgia y, sobre todo, del teatro musical (revista y opereta) y de todos los elementos que, artísticamente, lo integran, como la escenografía, el vestuario, la música y los textos.

Bien dando al fado un protagonismo absoluto o integrándolo en continuos contextos musicales, el teatro fue decisivo para el impulso y el desarrollo del universo del fado, al condicionar sus repertorios y promover la producción fonográfica local desde los albores del siglo XX. De hecho, si fue en la escena del teatro donde se produjo una de las más importantes reconfiguraciones del repertorio fadista, gracias al desarrollo del fado-canción, también fue el teatro el gran promotor de la grabación discográfica de los temas que granjeaban una creciente popularidad en los escenarios de revistas y operetas.

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